Bárbaro periférico

Diario del Wolfie 2026: Sarajevo Marlboro, de Miljenko Jergović

bosnia

Llevo un tiempo queriendo escribir sobre el proyecto descentralizado y desorganizado que es el World Literature Forum Prize —mejor conocido por sus dwellers como Wolfie—, pero supongo que es mejor que empiece hablando sobre el foro en sí.

Llegué al World Literature Forum hace ya casi diez años, cuando estaba en la universidad, en el momento en el que empecé a leer sin ton ni son. En ese entonces descansaba de leer leyendo. Y lo que más me gustaba era leer todo lo que se salía del currículum de los estudios literarios canónicos que me ofreció la licenciatura en lenguas hispánicas —gracias, FES Acatlán—, sobre todo, en relación a la literatura más reciente.

Ya en ese entonces la lista de lecturas requeridas de los profesores de literatura europea contemporánea mostraba lo muy restringidos que estaban ellos en cuanto a qué tan contemporánea podía ser la literatura en un aula. Se agradecían, por ejemplo, las sesiones sobre Lucía Berlin y Alice Munro —hoy defenestrada— en las clases de Carlos Márquez y Roberto Acuña.

Para el estudiante de literatura, leer libros de autores vivos es como hacer trabajo de campo. Es una oportunidad para ensayar ideas no probadas y medirse como crítico, como lector, para construirse un criterio propio ya no sólo de la literatura sino del mundo. Y llegué al foro, precisamente, aventurándome por entre las terceras y cuartas Os de Google en busca de grupos de discusión sobre el premio Nobel.

Yo nunca he creído mucho en el premio. Ni en ese ni en ninguno. No creo que los premios sean una buena forma de tomarle el pulso a la literatura, si es que la literatura puede tener un pulso aparte del de la sociedad a la que está ligada. Pero un foro sobre premios es otra cosa. En las cientos de páginas del hilo de discusión sobre en Nobel de Literatura que se enhebra cada año en el WLF, la especulación vale más que el resultado. Importa quién ganará el premio, pero la experiencia más importante del proceso es constatar que el valor de una obra cambia dependiendo del lugar desde donde se le mire.

Pensemos, entonces, en un foro lleno de yanquis, ucranianos, brasileños, iraníes, indios, franceses, mexicanos, catalanes, rusos, argentinos, y un largo etcétera, todos gente nerdísima y magníficamente bien leída, todos muy bien enterados de los panoramas literarios de sus países, todos conocedores de sus propias tradiciones, algunos hasta traductores de profesión. En una discusión así, la parte interesante de comenzar un hilo de discusión anual, casi una quiniela —pero sin dinero porque nadie tiene un céntimo— sobre quién ganará el Nobel de Literatura, lo interesante es ver cómo son vistas las figuras internacionales en su contexto local, y ver cómo cada país decide quién es su mejor representante literario. ¡La cantidad de autores extraordinarios y desconocidos en mi país que he conocido gracias al foro!

La puerca torció el rabo, diríamos en mi rancho, cuando el foro se volvió demasiado bueno para predecir el ganador del premio real. Algún miembro se dio cuenta hace años, por ejemplo, que en las casas de apuestas como Ladbrokes siempre se disparaba en valor el nombre de la persona que ganaría el premio unas horas antes de anunciado. Así el foro supo, con un poco de antelación, cuando salió premiada la bielorrusa Svetlana Alexievich. Después nos enteraríamos de que una de las integrantes del comité —junto con su marido, un fotógrafo francés que, además, sería después detenido por abuso sexual— había estado comerciando con la información interna de la fundación y de las deliberaciones, caso que desencadenaría la crisis interna del premio y su puesta en pausa en 2018.

Cuando las especulaciones reanudaron, otro miembro se dio cuenta de que la gran mayoría de miembros del comité Nobel sacaba los libros de los autores incluidos en la lista secreta de finalistas... de la Biblioteca del Nobel, que es, además, una biblioteca pública con registros y préstamos visibles para cualquiera con internet. Por lo tanto, si estabas más o menos familiarizado con los procesos de nominación y de deliberación del premio, podías ver qué libros estaban en reserva en cualquier momento, y si los libros de alguien estaban en préstamos especiales o indefinidos, sabíamos que el comité los estaba leyendo. Así fue como el WLF, por ejemplo, predijo el premio a Olga Tokarczuk —que no fue tan impresionante porque ese mismo año había triunfado en todos lados con la traducción de Los errantes al inglés—, a Louise Glück —de la que se habló porque, al mismo tiempo, se reservaron las obras completas de Charles Simic y de Anne Carson, lo cual nos dio la idea de que el premio podría ser para un poeta de Norteamérica y que se estaban comparando autores de más o menos la misma generación— y a Abdulrazak Gurnah —del que se habló poco, porque las reservas de la biblioteca fueron para otros autores africanos, como Nuruddin Farrah o el recientemente fallecido Ngugi Wa Thiongo, que ahora sabemos estaban leyendo sólo para compararlos con Gurnah, o tal vez sólo para desviar la atención de nosotros, chamacos metiches y ñoños—.

El punto es que la fundación Nobel, por nuestra culpa, dejó de hacer pública mucha información sobre las operaciones de su biblioteca, y a partir de 2021 nos aburrimos de que no había forma de sabotearlos, así que decidimos hacer un premio propio: el World Literature Forum Prize, o Wolfie, para los amigos. No hay dotación, de hecho ninguno de los autores que lo han ganado se han enterado hasta ahora. Pero, por ejemplo, premiamos a Laszlo Krasznahorkai cuatro años antes que los suecos, a Jon Fosse unos meses antes, y los otros tres premiados —el australiano Gerald Murnane, la vietnamita Duong Thu Huong y la brasileña Adélia Prado— me gustan más que los otros tres con los que no coincidimos con la academia pero que sí se llevaron las once millones de coronas suecas.


En fin. Todo esto para contarles que cada año participo en la deliberación para decidir al ganador de este premio insignificante, que es más bien un glorificado —y divertidísimo— club de lectura anual. Cada año, uno de nuestros compañeros —gracias, B.— crea una página de votación en la que los miembros habituales del foro pueden proponer una terna. La mía, este año, incluía a Cristina Rivera Garza y a Horacio Castellanos Moya. Después del cómputo, se decidió que leeríamos este año, todos, por lo menos dos libros de la canadiense Anne Carson, del bosnio-croata Miljenko Jergović, del libio Ibrahim al-Koni y del islandés Jón Kalman Stefánsson.

Decidí, entonces, empezar esta especie de diario de lecturas para deliberación del Wolfie, para poder comparar mis impresiones más inmediatas en octubre, cuando tengamos que entregar a B. nuestros votos finales.

Aunque querría decir que mi voto inmediato sería para Carson, a la que admiro y de la que he leído ya un bonche de cosas —y a la que, de hecho, pudimos escuchar hace poco en el Palau de la Música Catalana y en el CCCB, gracias al festival de poesía de Barcelona—, tengo que leer a todos los autores antes de tomar una decisión responsable —decisión que, dicho sea de paso, es absolutamente opcional y nadie me pidió hacer, igual que tu responsabilidad, por ejemplo, de terminar de leer esta entrada de blog—.

(Por cierto: si te interesa ver la lista de todos los libros que he leído para el Wolfie, la tengo en mi Storygraph.)


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Decidí, pues, empezar por el autor que, conceptualmente, me quedaba más lejos.

Antes del foro, nunca había oído hablar de Miljenko Jergović. Me entero, entre otras cosas, que vivió en la ciudad de Sarajevo durante la guerra de los Balcanes, y que, a diferencia de muchos escritores bosnios, decidió quedarse ahí durante el famoso y cruel sitio serbio.

Alrededor de este momento álgido de su historia nacional se construyen la treintena de cuentos de Sarajevo Marlboro —que tiene una edición española inconseguible con el, a mi parecer, peor título de El jardinero de Sarajevo, puesto que parece una triquiñuela editorial para que la gente lo viera en la librería y lo comprara por accidente al confundirlo con El loquesea de Auschwitz—: durante los bombardeos y las redadas, en medio de las ejecuciones, se desenvuelven las vidas más variopintas. Las complejidades políticas, identitarias, religiosas y emocionales de la disolución de la antigua Yugoslavia se expresan en relatos irónicos, llenos de humor y de encanto.

Como contrapunto, he de decir que el volumen tiene demasiados textos para mi gusto. Hacer entrar treinta relatos en ciento cincuenta páginas no es cualquier cosa. Es más, muchos podrían considerarse, más que relatos, viñetas cuasi-costumbristas, francamente olvidables muchas de ellas. Sin embargo, creo que un libro de cuentos debe juzgarse por sus momentos más altos, puesto que en todo libro del género hay piezas que justifican la impresión y piezas que sólo se incluyen en la edición final, con perdón, para darle lomo al volumen.

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En uno de los relatos, se cuenta que la fábrica de Marlboro para los balcanes estaba en Sarajevo, y que la combinación de hierbas para hacer los matavaqueros era distinta allá. Si le creemos a Jergović, aún hay gente que extraña estos cigarrillos, que tenían un aroma muy distinguible. Un libro que te hace extrañar una cajetilla de cigarros que nunca te fumaste ya está haciendo algo bien. Esto es lo que hace mejor Jergović: encontrar momentos de sosiego en medio de la violencia, momentos de humor y de ternura, a veces incluso de estupidez o de santidad.

Comunistas, ladronas de fruta, memoriosos que retienen la historia de un pueblo mientras pasean entre los escombros y las detonaciones, merolicos que son retenidos como prisioneros de guerra después de hacerse pasar por héroes. Gente salvando el pellejo y gente muriéndose. Y al final, un pequeño ensayo sobre el uso —nulo— de una biblioteca cuando se vive en una ciudad sitiada. Un bellísimo capítulo final en el que el autor nos informa que podía saber si sus vecinos tenían bibliotecas personales por la forma de las llamas consumían sus casas. Una casa con libros, dice, arde distinto que una casa sin libros. Arde mejor.


El libro me gustó. Tengo la impresión de que no será mi favorito. Hubo momentos en los que estuve a punto de abandonarlo. Pero Jergović sabe muy bien cómo dosificar sus agujas en el pajar de su libro. Una buena introducción al autor, pero tengo que ser honesto y confesar que esperaba más relatos contundentes. Aunque sí, para lo que da, vale mucho la pena.

El siguiente libro, entonces, será una novela del mismo autor: Buick Rivera. Este sí se consigue en español, gracias a Siruela. Seguiremos con este ejercicio, a ver a dónde nos lleva.

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