Malcolm Lowry, entre dos continentes

Un hombre borracho escribe una carta. Así comienza uno de los mitos de la literatura moderna en lengua inglesa, con esa pequeña historia. Un hombre, borracho y ofendido, escribe una carta a su editor. Rectifico: no sabemos a ciencia cierta que el hombre, mientras escribe, está borracho, pero podemos estar bastante seguros de ello: no por nada el hombre que escribe, Malcolm Lowry, le escribe a su editor desde México para refutar, en el cuerpo de esa carta, todas y cada una de sus correcciones —tomadas todas casi como afrentas personales— a Bajo el volcán (1947), su segunda novela, la última que publicaría en vida. Dicha novela, además de ser uno de los tesoros de la literatura intercontinental del siglo veinte, será también el testamento de un alcohólico como se han visto pocos.
Tenemos acceso a la carta que menciono gracias a Sergio Pitol, que la tradujo y la incluyó en el volumen El volcán, el mezcal, los comisarios, publicado en España por Tusquets y en México por la Universidad Veracruzana. Más que una misiva, es casi una carta de navegación que, de no ser tan larga, tendría que acompañar nuevas ediciones de la novela. Es, también, una defensa apasionada del proyecto literario, una demostración de que el autor del manuscrito en revisión cree fervientemente en lo que escribió. Cree fervientemente en cada coma, en cada oración, en cada digresión absurda y larguísima. Cree en que cada elemento de la obra es parte de un cuerpo funcional que no debe ser mutilado sin razón.
Bajo el volcán es una novela que no cede terreno alguno. Que se sabe difícil, y que no le importa. Quizás por eso, cuando la leí hace dos años, me enamoré de ella y de Lowry. Me gusta que su escritura no busque ser fácilmente entendida. Que esté consciente de que su personaje está por perderlo todo, y que haga sentir al lector que está por jugarse algo serio al empezar a leerla. Bajo el volcán no es una sesión de hiking veraniego: es la subida a una montaña inhóspita en la que los arneses están prohibidos y sabes que habrá que dormir sin tienda de campaña.

Por eso adoro a Malcolm Lowry y por eso me sorprende que sea tan poco leído. También me sorprende que sus otros libros, los menos visitados, sean tan baratos y fáciles de conseguir de este lado del charco —me pasa igual, por ejemplo, con Boris Vian—. Para quien quiera dar una especie de vuelta de práctica al circuito antes de atreverse al maratón, yo recomendaría leer primero Piedra infernal (en España, Tusquets; en México, Era), en inglés Lunar Caustic, novela corta, relato maravillosamente cruel de un borracho en remisión que, mientras está recluido en un hospital psiquiátrico, recuerda su vida de marinero y nos deja ver los momentos más luminosos de su miseria.
Hoy, en una vuelta por las librerías de viejo de Barcelona, encontré dos libros que me hicieron el día: Escúchanos, Señor, desde el cielo, tu morada (Tusquets, traducción de Carlos Manzano), una colección póstuma de algunos relatos y novelas breves —entre ellas, Por el canal de Panamá, que yo ya conocía porque Era la había publicado en México, con la inusitada traducción de Salvador Elizondo—, y El trueno más allá del Popocatépetl, una antología de los poemas de Lowry.
Si de por sí Bajo el volcán es ya de esos libros increíbles que nadie parece querer leer —creo que alguien les llamó clásicos—, y los demás volúmenes de narrativa de su autor están siempre acumulando polvo en librerías de viejo, la poesía de Lowry parece incluso más condenada al fracaso. Y, claro, no ayuda el hecho de que, en la introducción a la antología, el también traductor Juan Luis Panero la haga de menos, diciendo que “fue más un gran poeta en prosa que en verso”. Se nota mucho, sí, que Panero creía ser mejor poeta que Lowry, puesto que el español comete uno de los pecados capitales de la traducción literaria: intenta mejorar el original, y al querer posicionarse por encima del autor traducido, arruina la experiencia. Le quita ternura y complicidad, le sustrae la jugarreta y la canción —la de cuna y la del pub—. Juega con ventaja desleal —la del traductor cuyo autor está muerto— y termina haciendo que ambos equipos pierdan.
Alguna vez escuché que el trabajo del traductor de poesía se parece a crear un espejo de aumento para el poema original: su versión añade claridad al texto para que el lector, que idealmente tiene nociones, aunque sea muy básicas, del texto original, pueda hacer una interpretación más informada y razonada de la obra primera. Esto no puede hacerse con la traducción de Panero: omite, desordena, añade, complejiza donde había sencillez y recorta cuando hay dificultades. Mientras leía, añoraba cada vez con más fuerza otra edición del mismo libro: la traducida por Rafael Vargas, Jaime García Terrés y José Emilio Pacheco para la edición mexicana. ¡Juro que la tendré en mis manos algún día! ¡Juro que me vengaré, Juan Luis Panero!
[Me informan que Juan Luis Panero murió hace doce años. Parece que la naturaleza cobró venganza por mí con más de una década de antelación.]

Un hombre borracho, entonces, escribe una carta. La envía directamente a Europa. Vuelve a la cantina —una cantina mexicana, como una de las muchas que he conocido— y ahí escribe poemas que nadie verá hasta después de que el mezcal termine de matarlo. Piensa en una ciudad inventada. Piensa en todas las ciudades reales en las que uno tiene que perderse para poder crear una ciudad inventada. Y escribe:
I have known a city of dreadful night,
Dreadfuller far than Kipling knew, or Thomson...
This is the night when hope's last seed is flown
From the evanescent mind of winter's grandson.
In the dungeon shivers the alcoholic child,
Comforted by the murderer, since compassion is here too;
The noises of the night are cries for help
From the town and from the garden which evicts those who destroy!
The policeman's shadow swings against the wall,
The lantern's shadow is darkness against the wall;
And on the cathedral's coast slowly sways the cross’
— Wires and the tall pole moving in the wind —
And I crucified between two continents.
But no message whines through for me here, oh multitudinous,
To me here — (where they cure syphilis with Sloans liniment,
And clap, with another dose.)
¡Hermanos crucificados entre dos continentes, uníos!