Bárbaro periférico

Diario del Wolfie 2026: Buick Rivera, de Miljenko Jergović

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Tres meses pasaron entre que terminé el primer libro de Jergović para las deliberaciones del Wolfie de este año (la historia completa de por qué estoy haciendo esto, en donde se cuenta qué chingados es el Wolfie y qué vela tengo en ese entierro, está acá) y que pude terminar el segundo libro requerido para las deliberaciones del premio.

Esto se debió a que los últimos tres meses han sido de constante trajín entre una cosa y otra: se interponían entre el libro y yo la Feria Itinerante del Libro Migrante, el "lanzamiento" —con más comillas de las que permitiría la ortografía— autoinflingido y autoeditado de mis cuentos, y una oportunidad de extensión de horas en el trabajo que me ha permitido ir por la vida, dirían los hermanos argentinos, más canchero.

Me tomó tiempo, pero lo logré. Como el primero fue un libro de cuentos —género en el que el autor croata tiene excelente reputación—, decidí entrarle a su novelística.

Es curioso que, aunque ahora mismo estoy intentando darle los últimos golpes de teclado a una novelita, noto que voy sintiendo cada vez menos ganas de leer novelas. Sobre todo, novelas extensas. Entre una cosa y otra, devoré este mes la nueva novela de Gustavo Faverón Patriau, un libro compactísimo y ágil del que me gustaría escribir una reseña pronto, y por mucho que me haya gustado me cuesta abrir el ladrillo de papel que es su "Vivir abajo".

Por eso mismo, pensé que Buick Rivera, con sus menos de doscientas páginas, no me resultaría mayor problema (aunque no fue el caso, por razones que explicaré en los próximos párrafos). Considerando, también, que el estilo que Jergović usa en Sarajevo Marlboro es dinámico, sencillo, directo. Tiene, además, una historia que me interesa y que expande los temas y las problemáticas del libro anterior: Jergović habla, principalmente, sobre la guerra de los Balcanes. Sobre sus consecuencias y sus ramificaciones. Sobre las pequeñas historias —tanto tragedias como comedias— que tienen que entrelazarse para formar el abominable macrorrelato de la guerra y del genocidio.

Buick Rivera es, también, una novela sobre migración: si Sarajevo Marlboro se desenvolvía por completo entre los límites de la ciudad sitiada, esta novela pone su mirada en la vida de los sobrevivientes y de los prófugos que buscan suerte en otro país, específicamente, en los Estados Unidos.

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Fotograma de la adaptación cinematográfica de 2009.

La novela sigue a dos personajes: el primero es Hasan, un bosníaco emigrado de familia musulmana, amante del cine, que encuentra un refugio de la incomprensión que lo rodea y de los constantes choques culturales que experimenta en el cuidado minucioso de un auto clásico, un Buick Riviera viejo que gasta demasiada gasolina y que su esposa detesta; el segundo, Vuko, es un serbio que salió del país haciéndose pasar por otra persona, para no enfrentar las consecuencias de haber cometido numerosos crímenes de guerra mientras formaba parte de las filas de los chetniks.

Ambos se encuentran por primera vez al lado de la carretera: mientras Hasan iba a buscar a su esposa a uno de los pueblos vecinos —estamos hablando de la norteamérica profunda, de pueblos alejadísimos los unos de los otros y más asfalto que alguna otra cosa— después de un ensayo de una obra de teatro, casi de madrugada, se queda dormido al volante y el coche termina varado a la orilla del camino. Ella le había insistido en que no fuera por ella en el Buick Riviera, y que prefería quedarse en casa de un amigo suyo, de la misma compañía de teatro, del que Hasan sospecha lo peor. Da la casualidad de que Vuko pasa por ahí, él mismo intentando huir de su nueva vida, al volante de un coche más moderno, y alcanza a ver la carrocería del Buick por encima del dique.

Dos personas se encuentran del otro lado del mundo. Si no hubieran salido de sus lugares de origen, si hubieran coincidido allá, uno hubiera intentado exterminar al otro. Pero aquí, en medio de la nada, se reconocen. Se tienden la mano, momentáneamente. Comparten un par de palabras y se dan cuenta de que hablan el mismo idioma. Toda la novela habita en la tensión entre estos dos personajes, en todas las formas en las que sus vidas se espejean y se contradicen.

Me interesaron, sobre todo, las discusiones que hay en el libro sobre la migración, sobre la sensación de ser incapaz de adaptarse completamente al lugar de acogida. También, la forma que tiene el autor de ir hilando historias con historias: Jergović es, ante todo, un narrador excepcional, y logra acomodar más que competentemente un montón de anécdotas significativas y apilarlas sin que el conjunto parezca demasiado artificioso. Aunque creo que el arranque del momento álgido tarda un poco de más en llegar, la distribución de tensión y exposición es correcta en Buick Rivera.

El problema específico —tal vez, demasiado específico— que tuve con este libro fue el de su estructura: la novela no usa capitulación. Esto, según entiendo, para simular la sensación de un roadtrip en el que no hay paradas para ir al sanitario: la larga cuenta de párrafos se extiende ante el lector como el asfalto que las ruedas rozan. Ojo, no es que esté yo en contra de la experimentación, o de que la forma del libro se relacione conceptualmente con el contenido, nada menos alejado de la realidad. El problema, a mi parecer, es que una decisión tan audaz, cuando me gusta, suele venir acompañada de otra serie de decisiones audaces que terminan de redondear el experimento: un lenguaje difícil, una narración enredada, incluso otras decisiones de formato que reforzarían el efecto, por ejemplo, prescindir del amable párrafo y hacer monólogos largos, extenuantes y exigentes pero gratificantes. El lenguaje de Jergović es sencillo, directo, sin rodeos, y tengo la sensación de que la decisión de prescindir de capítulos hubiera sido más interesante si se hubiera atrevido a ser más oscuro, menos directo, menos asimilable. Vaya, que si vas a ser obtuso o experimental, go all the way. Aunque es posible que esto sea una cuestión de la traducción. Y mientras no coteje con otra edición o siga sin hacer un curso intensivo de croata, no habrá forma de que lo sepa.

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Disfruté mucho de leer a Jergović, aunque no estoy seguro de tener muchas ganas de volver a él en un tiempo. Es posible que, si consigo otro libro de él, busque La casa de nogal, que dicen que es su mejor libro, o complemente su lectura con otros autores de su misma región, como Ivo Andrić, Meša Selimović (cuya obra más famosa, El derviche y la muerte, se menciona en la novela como una de las pertenencias más queridas de Hasan) o Dubravka Ugrešić.

El paso siguiente para la deliberación, entonces, es comenzar con Ibrahim Al-Koni (autor tuareg nacido en Libia) y con Jon Kalman Stefánsson (islandés). Me decidí con el primero de ellos, específicamente, con su The Bleeding of the Stone (que, por desconocimiento, conseguí en su traducción al inglés, pero me vengo enterando ahora que fue publicada hace dos años por la editorial Verbum con el título "La piedra sangrante"). Aunque ya empecé a leerla, no diré mucho aquí, pero sí diré que viene recomendada si eres afín al antiespecismo, al anticolonialismo y, sobre todo, a los libros buenos.

Pronto, más al respecto.

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